Opinión

La pasión según Bullrich

Cuando todo el mundo creía que la educación pública, gratuita y universal era un piso civilizatorio consolidado en Argentina, vino Macri con su ministro Bullrich a demostrar que en la ciudad más rica del país se podía retroceder no unos años, sino siglos. Educación para algunos y que los demás se la rebusquen como puedan, parece ser la nueva divisa conservadora.

Bullrich con un cuadro de las matrículas porteñas.
Bullrich con un cuadro de las matrículas porteñas.

Esteban Bullrich se las ingenió para transformar un derecho de todos en una carrera de obstáculos, con una sucesión de estaciones de incertidumbre, angustia y dolor para miles de padres trabajadores que no saben, a días de empezar el nuevo ciclo escolar, dónde podrán concurrir sus hijos y en qué condiciones.

Aulas-pasillo ridículas, improvisadas en medio de los antiguos palacios de la educación pública, containers ocupando patios y jardines de escuelas de barrio, salones prefabricados montados de apuro en baldíos, todo se improvisa para mostrar que algo se hace, aunque sea mal. Pero encima, es insuficiente. Así apenas se dará una pésima respuesta a la demanda de uno o dos millares de alumnos, con suerte. Los que pataleando, movilizándose y recabando la solidaridad de la opinión pública lograron un lugar, aunque sea precario, en el sistema.

Los otros, más de quince mil, que también salieron a la luz gracias al desaguisado de la inscripción on line, quedarán a la intemperie, como Cristo en el Gólgota, confiado sólo en la infinita bondad de su Padre.

Pero entre nosotros, no acaba allí el problema. Muchos más se sobre exigen optando por pagar educación privada, de manera de asegurarse que sus hijos tendrán un lugar donde no se caen los techos, hay clases todos los días y las cosas funcionan. Que más de la mitad de los chicos porteños se eduquen en establecimientos privados es un síntoma rotundo de cuánto avanzó entre nosotros la destrucción de la escuela pública como espacio de excelencia y lugar compartido de encuentro entre todos los sectores sociales.

Así, el sistema dejó de impartir la primera lección que debían dar nuestras escuelas. La lección de la igualdad de sus habitantes, que compartían la grandeza de su país. Con ese objeto se edificaron en el pasado los palacios que habitan las escuelas más viejas. No era un despilfarro de dinero, sino un símbolo que debía marcar a las nuevas generaciones sobre cuál era su destino en esta tierra.

Con el primer peronismo se completó la tarea de hacer una educación pública universal, con escuelas suficientes para todos. Para ello se construyó y mucho. Argentina logró entonces un lugar de privilegio en el mundo.  Todos los niños en edad escolar lograban acceder a una vacante en la escuela pública.

Décadas de abandono y desidias no pudieron desmontar aquella obra, que fue celosamente defendida por nuestro pueblo, aunque no se pudo revertir su lento deterioro, en especial en la ciudad. En el país, el kirchnerismo retomó las mejores tradiciones justicialistas y lleva edificadas más de mil escuelas en una década.

Entre los porteños, las cosas no son así. Ni siquiera se cumplen los módicos planes prometidos a la hora de vender propiedades públicas, como los terrenos de Catalinas Norte, con el cuento que se usarían los fondos para construir escuelas. Lo único claro son los negociados inmobiliarios de los amigos como Caputo, que en el lote de Córdoba y Alem levanta una torre de oficinas.

Ahora llegaron las improvisaciones pobres para pobres. Los inventos de Bullrich para tratar de tapar el escándalo de una ciudad que da la espalda a sus niños. Son una muestra de que son los conservadores actuales.  Sombras degradadas de lo que supieron ser un siglo y medio atrás.

Lic. Gerardo Codina

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