Sociedad

El Jardín Botánico “un museo vivo”

En siete hectáreas, este “museo vivo” alberga miles de especies vegetales y valiosas esculturas. Tiene un nuevo Jardín de Mariposas y fueron restaurados el gran edificio central, invernáculos y los jardines romano, japonés y francés.

El jardín botánico está ideal para visitarlo.

A simple vista, todo es un manto verde, atravesado por rayos de luz que forman claros. Pero aunque al primer vistazo parezca sólo un bello y compacto manto verde, el Jardín Botánico es mucho más que eso.

Es un sitio de investigación que, a la vez, mantiene su cuota de belleza. Es un museo vivo que cambia de aspecto según pasan las distintas estaciones del año; una colección de especies vegetales dispuesta a ser descubierta por quienes lo transiten.

El proyecto comenzó en 1892, cuando se puso en marcha la idea del paisajista francés Carlos Thays que había presentado a la intendencia municipal y que demandó seis años de obra.

El Jardín Botánico de la ciudad –un enorme espacio verde, delimitado por las avenidas Las Heras, Santa Fe y la calle República Árabe Siria, va recuperando su calidad de espacio para la ciencia y ofrece un paseo con plantas y árboles que hablan de la naturaleza y de la cultura.

El Jardín ocupa siete hectáreas donde se plantaron, según el libro de 1929 El Jardín Botánico Municipal, de Carlos Thays (hijo), unos 7.100 ejemplares de “especies y variedades aclimatadas, entre exóticas e indígenas”.

En sus más de 120 años se acumulan plantas cuidadosamente ubicadas en diferentes áreas que muestran lo que ofrecen los cinco continentes, vegetación de todos los rincones argentinos, variedad de jardines (romano, francés, japonés) y treinta y tres esculturas, más un imponente edificio central inaugurado en 1881, con un invernáculo principal y otros cuatro que lo acompañan.

También hay una huerta, dos bibliotecas (una para niños y otra para adulto), una escuela de jardinería, que depende del Ministerio de Educación, una casita que funciona como archivo y mucha historia.

Ya no es el “jardín de los gatos” aunque muchos sigan pensando que allí pueden abandonar su felino. Quedan un centenar de gatos y se los puede ver, detrás de alguna planta de hojas exuberantes o haciendo equilibrio por algún banco.

Las personas que se ocupan de atenderlos ahora están organizados en una asociación llamada Gatos del Botánico que tiene un aceitado sistema de cuidado y donación. En la página de Facebook (/hacefelizaungato) hay retratos de los mayores, que han adoptado al Botánico como hogar permanente, y de los que están en adopción. Por año, unos 400 gatos encuentran una familia.

La restauración quizá tiene su perfil más alto con el invernáculo principal, con su estilo art noveau traído desde Francia en 1900, en el que predominan el hierro y el vidrio. Guarda en sus mil metros cuadrados especies tropicales, subtropicales y carnívoras, y se ubica, imponente y con elegancia, junto al edificio principal. Hace poco que cuenta con una malla de protección del granizo.

A unos metros hay otra reparación más silenciosa pero contundente: la de la yerba mate. Fue aquí que Carlos Thays empezó el estudio de la germinación de esa planta para fines industriales.

De 1895 a 1900, Thays se obsesionó con el secreto de su cultivo. Con la certeza de un promisorio futuro en la industria agrícola, logró cultivar medio millar de plantas el Jardín Botánico. Hoy, luego de años de ausencia, se elevan algunas hasta casi tres metros.
Lo nuevo, en tanto, se ubica cerca del invernáculo principal y es una experiencia tan sutil como fascinante: el Jardín de Mariposas.

En canteros que de arriba se verían con la forma del ala de una de ellas, se realizó un estudio que empezó con la siembra de plantas que las atrajeran y que siguió hasta que, rápidamente, aparecieron hasta triplicar en cantidad a las que habitualmente se encontraban allí.

Entrar en este rincón es empezar a sentir lo que hasta entonces era imperceptible, cientos de aleteos que van y vienen, de las varias especies que se alimentan de plantas que son cuidadas por personal del Botánico y por voluntarios. Sacan yuyos, registran la aparición de mariposas, se dedican a los detalles y ven de cerca ese espacio en el que vuelan crisálidas, se ven orugas y, de noche, luciérnagas.

El objetivo de este jardín no es poético, sino científico: promover la biodiversidad, y lo vienen logrando.

“Cuando llegamos, trabajábamos bajo tierra y al tercer año se empieza a ver para fuera”, cuenta Graciela Barreiro, la directora del Botánico. También cuenta que “había una fuente que no se usaba desde hacía años. Al verla así, supusieron que no funcionaba. Pero probaron y anduvo”. Eso resume un poco el abandono que tuvo durante años el Jardín.

Declarado en 1996 Monumento Histórico y Cultural, y Área de Protección Histórica, según el Boletín Oficial N° 3.439, se considera que “toda intervención referida a la forestación deberá considerar el carácter con el que fue creado y diseñado el jardín, destinado a alojar colecciones vegetales autóctonas y foráneas para su contemplación y estudio; en especial, se busca su consolidación como centro educativo que promueve la toma de conciencia del valor global de la biodiversidad, la importancia de su conservación”.

El Botánico mantiene además muchas y variadas joyas. Estructuralmente, la casa y el invernáculo principal, como valores arquitectónicos.
En cuanto a las esculturas, una de las más valiosas es La Primavera, una escultura en mármol realizada por Lucio Correa Morales en un homenaje a la mujer latinoamericana.

Pero son muchas. Hay treinta y tres en total. Algunas son copias, como La Saturnalia, por ejemplo, una réplica exacta de la que está en el Museo de Arte Moderno de Roma. La Saturnalia representa una bacanal, esa fiesta del Imperio Romano donde todo estaba permitido. La estatua desapareció durante la última dictadura hasta 1987, cuando la rescataron “olvidada” en una caballeriza.

“Hasta hace un rato estuve haciendo la lista de plantas del sendero de ‘Los reyes del jardín’ –dice Barreiro– que son los árboles que nos parecen más notables, por porte o la edad, casi todos plantados por Thays. Las wahingtonias son algunos de ellas. Cuando ves las fotos de 1930, ves que están bajitas, y mirá lo que son… tan altas ahora. El palo borracho articular es un ejemplar muy hermoso. El tronco es largo porque no necesitan acumular mucha agua, porque aquí el ambiente es húmedo. Hay un lapacho también que es divino. Recto. Maravilloso. Aquel de hojas anchas, detrás de la casa, es el árbol del emperador, el favorito del emperador Pedro I de Brasil, y vino de unas semillas que mandó Pedro II, su hijo. Es de los pocos que sabemos la historia”, explica.

En cuanto a las semillas, las que significan el futuro de este espacio, existe un sistema de intercambio formalizado y riguroso que permite solicitarlas a otros jardines, en sus bancos de germoplasma. A su vez, otros jardines pueden solicitar semillas al Jardín porteño.

Más allá de ese controlado trueque botánico, no está permitido tomar gajos o semillas y llevarlas para uso doméstico. Esta fue una pelea bastante difícil desde el comienzo.

Al respecto, Barreiro dice: “Hay que entender que cuando decimos que el Jardín es de todos, es de todos en el sentido de que hay que respetarlo. No significa que cada uno puede tomar de él lo que quiere”.

Y en tantos años, más allá de la recuperación de los jardines romano, francés y japonés, de la restauración de canteros, de los invernáculos –muchos con vidrios rotos que debieron reemplazarse para el cuidado de las plantas y para impedir el paso de intrusos–, del área de los cinco continentes y del área botánica, hay un pulso inalterable, algo que no se detiene, y es el paso del tiempo.

En este “museo vivo” los árboles siguen un curso natural que termina en lo que termina todo, la muerte. Barreiro dice: “La naturaleza es la naturaleza. Cuando el ambiente decida que ese árbol muera, va a morir y no podemos hacer nada. Si tenemos un hijo, a lo mejor podremos reponerlo, pero si no, pondremos otro. Acá no se poda, por ejemplo. Se poda sólo cuando hay riesgo severo de que caiga. Porque vos venís al Botánico para ver un árbol en su forma natural. Por eso cuando hay mucho viento el jardín está cerrado, por la seguridad de la gente”.

El blanco luminoso de las flores de loto, los hongos silvestres y escondidos, los caracoles, hasta algún picaflor puede aparecer, esa palmera que es de Entre Ríos o ese roble de Estados Unidos o la planta africana, el Jardín Botánico sobrevive en todo ello y en estos días, al menos, se pone esbelto y recuerda las expectativas de su creador.

Entre los recorridos que ofrece el Botánico, hay uno que apunta a estimular algo más que la vista, pensado para las personas que están privadas de ella, por ejemplo.

Por ello, existe un espacio en el que está permitido un contacto más cercano con las plantas, ya que en el resto de los paseos se pide cierta prudencia para impedir lo que a veces ha sucedido, que la gente saque semillas, flores, o que pise el césped.

“Es un proceso de educación muy largo”, explica Barreiro. En el Jardín de los Sentidos, la invitación es a tocar, a oler, a disfrutar las plantas, que varían en tamaños, en texturas y en olores, entre lavandas, madreselvas y jazmines. La directora del Jardín, sin embargo, planea reformular esta propuesta: “Los jardines de los sentidos no se plantan en el suelo. Se lo hace en un lugar elevado porque si sos no vidente y te agachás podés clavarte una hoja o una rama en la cara y te lastimás. Tiene que estar alto para que la planta no agreda. Se puede hacer algo más lindo. Ojalá lleguemos. Tengo un proyecto. Veremos si lo puedo hacer. Hay que darle prioridades”. Mientras tanto, es uno de los posibles recorridos para medio millón de personas que lo visitan por año.

En el Jardín Botánico funciona la Escuela Técnica de Jardinería “Cristóbal María Hicken” y es la única pública en su tipo de la ciudad. Comenzó a funcionar en 1914 y la primera promoción egresó en 1917.

En sus comienzos, dependía del Jardín Botánico. Hoy se mantiene en sus instalaciones, pero responde al área de Educación. Luego de los varios cambios de plan, en la actualidad la carrera dura seis años y otorga el título de Técnico en Jardinería.

Carlos Thays, que había nacido en 1849 y llegado a la Argentina en 1889, ganó en 1891 el concurso para ser Director de Paseos de Buenos Aires. En sus primeros proyectos se quejaba del mal trazado de las calles, de la falta de estatuas, de la mala ubicación de las flores. “El uso bien o mal ponderado, así como las alhajas, prueba distinción o vulgaridad”, escribía.

Con esas ideas, pergeñó este Jardín, con una certeza: “A nuestro juicio el vocablo ‘jardín’ debe aplicarse sólo a las creaciones del hombre, pues de otro modo esta aceptación quedaría ilimitada puesto que, en resumen, el mundo entero no es otra cosa que un inmenso jardín en el cual la naturaleza ha agrupado las especies vegetales en conformidad con el clima que conviene a cada una de ellas”.

El Jardín Botánico fue su laboratorio. Con su insistencia logró lo que otros antes habían intentado sin suerte: organizar un “museo vivo”, con vegetación de todo tipo, un invernáculo y un atractivo diseño espacial. Como no podía ser de otra manera, se ubicó allí su morada. La familia Thays vivió en el edificio de Paseos desde 1897.

Visitas guiadas. Los sábados y domingos, a las 10.30 y a las 15. Son gratuitas.
Actividades para niños: Biblioteca infantil de la naturaleza.
Los días de lluvia permanece cerrado.