Opinión

Ciudad capital

El presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Julián Domínguez, replanteó hace una semana un viejo debate nacional. Propuso que la capital de la República se establezca en el norte argentino. Luego ahondó en precisiones y señaló a Santiago del Estero como su predilecta, por ser “madre de ciudades” en nuestro territorio.

Julián Domínguez y una iniciativa que desató la polémica.

Domínguez sostuvo que «hay que volver a repensar la Argentina» y «si la capital política debe estar en esta ciudad». Dijo que son «las colonias las que tienen sus capitales en los puertos» y «no los países con proyectos grandes».

«Yo creo que es importante que la Argentina vuelva a repensar el norte argentino, que vuelva a repensar su salida al Pacífico», consideró. En ese punto recordó al fallecido Néstor Kirchner, que impulsó la Unión de Naciones Sudamericanas, como un orden de países más ambicioso al Mercosur, que la Argentina integra junto a Uruguay, Paraguay, Brasil y Venezuela. «Néstor Kirchner cambió la estrategia de los intereses argentinos: los abrió al Pacífico, al Mercosur, a la Unasur», explicó.

Unas tres décadas atrás similar iniciativa marcaba la agenda política argentina. En aquella ocasión, la idea era mudar la capital al sur, a Viedma. Entonces la propuesta comenzó a implementarse, pero tuvo que ser abandonada pocos meses más tarde, frustrada por la intensa crisis económica, social y política que terminara abruptamente el mandato del entonces presidente Raúl Alfonsín.

El debate que ahora promueve Domínguez revela que siguen pendientes cuestiones cruciales en la demorada tarea de consolidar una nación moderna y desarrollada. Una nación acorde a sus potencialidades y capaz de sostener su autonomía en un mundo complejo y hostil. Demandas a las que también quiso responder en su momento Alfonsín.

El tema da para largo y excede en mucho una breve columna de opinión. Digamos que el debate mismo es saludable, más allá de su resultado. Y es buen síntoma que sea alimentado recurrentemente por voces provenientes de las dos grandes tradiciones políticas populares argentinas.

El país que tenemos fue pensado esencialmente por la oligarquía en su beneficio y no el de las mayorías nacionales. Era el país que crecía para afuera, traccionado por los intereses de las potencias coloniales y fue modelado para ventaja de los propietarios de la pampa húmeda, en desmedro del resto, condenado al atraso secular y la pobreza.

Si en un principio las fuerzas del interior pensaron en la federalización de Buenos Aires y su Aduana, fuertemente resistida por los porteños (entre ellos, Bartolomé Mitre, fundador de La Nación), como garantía para evitar la hegemonía de la vieja capital virreinal sobre el resto de las provincias, el tiempo dio sobradas muestras del error. El puerto se comió el interior. Como resultado tenemos un 40 por ciento de la población apiñada en una minúscula fracción del territorio y vastas zonas baldías.

Como algunos dicen, ese enorme desequilibrio no se resuelve con medidas administrativas. Ni a corto plazo. Sólo puede replantearse en el marco de una sostenida acción política, que atraviese etapas y gobiernos. Si no, puede repetirse la inanición de la propuesta, como ocurrió con los sueños federales de Viedma. O volverse un escaparate ambicioso de la modernidad buscada, sin llegar a ser una verdadera ciudad, como sucede con Brasilia.

Construir consensos en torno de una acción semejante requiere una profunda reflexión colectiva sobre el país que queremos ser y cómo imaginamos que podemos construirlo. Pero debe asentarse en nuestra opinión sobre el diagnóstico preciso de por qué nuestras naciones –no sólo Argentina– han visto frustrado su camino al desarrollo, pese a tantos esfuerzos colectivos, y la comprensión de que la antipatria también hace su juego.

 

Gerardo Codina